Turismo de alto riesgo

El concepto de riesgo en turismo puede tener muchas acepciones. En los años 90 la inclusión, a la práctica turística, de actividades vinculadas a deportes de riesgo tales como el puenting, el rafting, el paracaidismo o el buceo, significó el nacimiento de un turismo que muchos denominaron “de riesgo”. Sin embargo, también cabrían en esta definición otras muchas prácticas turísticas como viajar bajo la amenaza terrorista, visitar países en guerra o en conflicto social y/o político, recorrer lugares donde las catástrofes naturales son habituales o visitar zonas endémicas. Sea como sea, el riesgo está intrínsecamente asociado al turismo.

Es más. Hoy en día están apareciendo nuevas atracciones turísticas que conllevan un riesgo significativo y, sin embargo, son acogidas con vehemencia por los visitantes. Se trata de encuentros temerarios con la naturaleza más salvaje: avistamientos de ballenas, inmersiones con cocodrilos, baños con tiburones o jugueteos con guepardos. Encerrado en una jaula el turista avista, contempla, olfatea, siente la presencia de un gran depredador a escasos centímetros. En su medio, el turista se convierte a la vez en animal observado. A un precio, más o menos asequible, el visitante vive una aventura escalofriante, donde el subidón de adrenalina está garantizado.

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